Sección 3 en Cadena SER: los trenes de la muerte profesional

Aunque ya les he hablado en alguna ocasión en mi blog sobre los trenes de la muerte profesional, aprovechando que en breve comienza nuevamente el bombardeo de cursos «gratuitos» que promueve el Servicio Canario de Empleo y con los que genera estrés y ansiedad a las personas en paro, casi presionándoles para que se inscriban a cualquier formación, lo he abordado en la quinta entrega de la sección sobre orientación sociolaboral con la que colaboro cada martes en el programa Hoy x Hoy Las Palmas, en la Cadena SER.

En primer lugar, es muy importante explicar que el trabajo va mucho más allá de la prestación de un servicio y de generar dinero con el que mantenernos y sobrevivir. Trabajar nos crea una rutina que está tan metida en nuestra vida y en nuestro adn desde la revolución industrial, que hemos sustituido nuestro modo de relacionarnos en sociedad por trabajar. Nos relacionamos con los demás gracias al trabajo ya que trabajar nos aporta también experiencias personales, pues trabajamos con personas y para personas. Incluso para muchos tener un empleo es su misión y objetivo vital; es identidad, lo que nos hace ser alguien. De hecho, socialmente está muy penalizado no trabajar, no paran de presionarnos y preguntarnos si no hacemos nada, si estamos todo el día en casa… Quizá le hemos dado demasiada importancia al trabajo.

De ahí que recuperar esa rutina y el papel que desempeña el trabajo en nuestras vidas, sea uno de los pasos más difíciles para las personas que han perdido su empleo. Esa desesperación en la que caemos, junto con la invasión de propaganda del servicio público de empleo para vender la formación como la panacea para encontrar un trabajo, nos lleva a subirnos al primer tren que nos pasa por delante, sin tener en cuenta que podemos vivir un viaje terrorífico. Igual que en la época nazi se fletaban trenes con personas a quienes llevaban a los campos de concentración donde posteriormente eran asesinados, dejarnos llevar por la desesperación, la confusión y la ansiedad porque nos van a quitar la prestación, puede inducirnos a comprar un billete para un vagón formativo con destino a nuestra muerte profesional.

 

 

Es fundamental resistir a ese impulso de coger un tren con el único motivo de salir de casa y tener una rutina. Debemos escoger muy bien la formación que necesitamos; acudir al orientador laboral con la decisión firme y la valentía para continuar con nuestra carrera profesional, y no subirnos a un vagón que nos llevará muy lejos de nuestra futura inserción laboral. Si tenemos una experiencia profesional larga, hemos tenido trabajo y una formación en ese puesto, por ejemplo de albañil o cocinera, no debemos dejarnos llevar por la desesperación e inscribirnos a un curso de jardinería porque fue lo primero que nos pasó por delante. Obviamente los trenes ya no llevan a la cámara de gas, pero esa decisión sí nos alejará de nuestro objetivo profesional.

Esta presión para que accedamos a cualquier formación aunque no mantenga relación alguna con nuestra trayectoria profesional o con nuestro trabajo ideal, sucede porque parece ser que los servicios públicos de empleo están al lado de otros que no son los trabajadores en paro. Y es que resulta que si no llenan los vagones con un determinado número de trabajadores, las academias a las que se encarga impartir los cursos, no los cobran. Existen agentes cooperadores e inductores que nos presionan hablando de un alto índice de éxito y, sobre todo, apelando a la manipulación de que están ofreciendo formación de manera gratuita, cuando esos cursos se pagan con nuestros impuestos, por lo que malgastarlos quiere decir que estamos tirando a la basura dinero destinado a las políticas activas de empleo.

Si bien es cierto que este tipo de formación logra una eficacia en torno al 40% el primer año -el segundo desciende muy ostensiblemente-, se trata de un arma de doble filo. Por un lado, esa eficacia se debe a que se obliga a las academias a firmar un compromiso subvencionado de contratación mínima de las personas que realizan los cursos, quienes muy probablemente serán despedidas una vez culminada la subvención; y, por otro, esas mismas academias recibirán una mayor puntuación para otorgárseles la impartición de los cursos cuanto mayor índice de inserción logren. Este segundo punto está llevando a una discriminación de las personas que más necesitan un empleo, pues a través de las entrevistas iniciales las academias están escogiendo/filtrando para realizar la formación a las personas que detectan como mejor preparadas para lograr un trabajo. Por eso el sistema tiene que empezar a estudiar y velar por unos criterios de evaluación que no marginen y dejen a la cola de la inserción laboral a quienes más necesitan un trabajo.

Estos cursos de formación no son gratis, los pagamos con nuestros impuestos. Y para que se hagan una idea, un curso de cocina, por ejemplo, nos cuesta a los canarios más de 87 mil euros. ¿No está la situación para desperdiciar dinero, verdad? Pues actualmente, en la página web del Servicio Canario de Empleo hay 7.325 cursos disponibles de la formación más variopinto. Tratan de captar nuestra atención insistiendo en la importancia de estar formado para encontrar un trabajo. Pero formarse no garantiza un empleo; ayuda a que estemos mejor posicionados, cierto. Ante los datos de la Encuesta de Población Activa que prevé en el segundo trimestre del año en Canarias la creación de 3.519 puestos de trabajo por parte de las empresas; se está ofreciendo formación a 7.325 personas; y en las Islas buscan empleo más de 286 mil… ¿No es mejor ser coherente con lo que se dice? Las cifras son las que son.

 

Seleccionen bien la formación, analicen bien la carrera profesional que han desempeñado a lo largo de sus vidas y la que quieren desempeñar, a dónde quieren dirigirse y qué tren quieren coger, porque seguramente será más efectivo para encontrar el trabajo de sus vidas y no el que el Servicio Canario de Empleo quiere.

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