Teresa la librera

Después de mucho tiempo, he vuelto a revisar este artículo que escribí hace varios años, e incluso llegué a publicar en mi primer blog. Hoy, después de haber pasado por la inmensa experiencia de la I Promoción de las Escuelas Potenciadoras, Teresa adquiere mayor fuerza y ganas de salir de casa, y contarle al mundo lo importante que es.

«Teresa la librera»

Una temblorosa mano de fina y curtida marroquinería se va acercando a tientas hacia la mesa de noche, donde suena un pequeño despertador. Ocho de la mañana en aquella habitación silenciosa. Por si acaso la pereza le ganara el primer combate de la mañana, Teresa había dejado entreabierto el postigo por el que se colaba un rayito de sol. Parecía que los únicos despiertos en esa habitación y con ganas de empezar el día eran las motas de polvo danzarinas, que celebraban su encuentro con el sol.

En la cama, Teresa sentía como mota a mota la iban sepultando, e impedían incorporarse empujándola contra su mullido colchón. Cualquier excusa era buena para Teresa, hasta el peso de esas motas de polvo.

La segunda alarma del despertador volvía a sonar de modo puntual, y en esta ocasión, con cierto tono impertinente. En ese momento, Teresa suspiró y pensó que no quería que le dijesen lo que tenía que hacer, ya era mayorcita para ello. Sin embargo, allí seguía sin táctica alguna ante el que estaba siendo su segundo asalto contra la pereza.

Exhausta del combate, y más aún harta de ella misma, Teresa abandona el cuadrilátero en el que se había convertido su cama. No sabía que algo maravilloso iba a sucederle. Apenas se había incorporado ¡ahí estaban ellas! unas suaves y esponjosas pantuflas, que obedientes cada mañana le esperaban para darle cariño. En ese cuarto piso del número 80 de la calle Bravo Murillo, eran su única compañía. La seguían a donde ella quisiese, sin ir más lejos, primero al baño y después a la cocina.

Para ella entrar en esa cocina era lo más parecido a pasar por quirófano, y no es que fuera necesario para curar las magulladuras del combate mañanero, las cuales con un buche de café siempre habían podido sanar. Lo era, porque esa azulejada y luminosa cocina, había sido su replegada instancia en la casa durante muchos años de esposa y madre. Un lugar donde ella misma se sometía una y otra vez a cirugías a corazón abierto.

Una mañana más de sus 55 años había sobrevivido, y aunque era consciente de que llevaba ya muchos combates y cirugías en su corazón, las cicatrices de la costumbre endurecían sus sentimientos. Fregó la cafetera y el vaso del café, y Teresa se disponía a ganarse la vida. Bajó los cuatro pisos a pié, porque con esto de la crisis la mayoría de los vecinos habían decidido, que un gasto del que podían prescindir era el ascensor. Claro, y Teresa que durante treinta y dos años de vecina había entregado todo a su marido, incluso su voz, ahora se había quedado muda de puertas afuera para aclamar por el ascensor.

Toda su vida, había trabajado de librera de una de las primeras librerías abiertas en la ciudad: de las más afamadas.  Sin embargo, ella era la única persona allí que parecía ser un libro más. Tapas duras, maltratadas por esos lectores descuidados por tanta impaciencia y egoísmo como para leerla, y dejarse llevar por el sonido de su maravillosa lectura interna, redactada día tras día en primera persona. Esas palabras que sólo uno pronuncia, aún cuando es mudo, y escribe en su corazón durante los momentos de cirugía, como en la cocina de Teresa. Ni tan siquiera eran capaces de percatarse de un título que decía: «¡buenos días! me llamo Teresa ¿puedo ayudarte?»

Sí Teresa, me ayudaste. Fuiste el primer libro que vi en la librería. Allí estabas nada más cruzar la puerta. Tan pronto escuché el título del libro, sabía que tenías una historia que contar. De inmediato olvidé el libro que me había llevado hasta la librería, y comencé a leerte. Tú tan sólo querías compartir tu historia.  La historia de una mujer luchadora, que no había recibido más premio que haber llegado a cumplir las expectativas de todos los demás. Pero había llegado la hora de recuperar tu lugar en esa estantería, esa en la que tú misma vas poniendo cada quincena los libros más leídos. Y al igual que los lectores trashumantes se dirigen al abrevadero de sabiduría de los «best sellers», allí estaba yo bebiendo de tu conocimiento, en conclusión, de tu ser. Gota a gota fuiste dejando caer cada una de tus palabras en mí, incluso algunas de ellas humedecieron tanto mis ojos, que arrastraron toda partícula de polución, que se había ido depositando en mi mirada durante todos estos años de huésped de ciudad.

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Siempre te agradecerá el haberme hecho ver con claridad, que hay otros mundos, el tuyo, el mío, el de los demás.

Teresa existe, pero también existen muchos otros libros con diferentes historias, en los que merece la pena adentrarse y leer. Para ello busca la complicidad de una bombilla, la calidez de un vaso de té, y lee ¿qué tal si empiezas por tu propio libro? Seguro que tienes tantos capítulos ya escritos, tanto que leer, tanto que escucharte.

4 respuestas a “Teresa la librera”

  1. Pues si… Muchas mujeres se dedican a los demás y se olvidan de ellas mismas…
    La rutina se convierte en un asesino silencioso, y al final de sus dias, se dan cuenta que no han vivido, y se arrepienten de las cosas que no han hecho…

  2. Carmen Rosa López Suárez dice:

    Gracias por compartirnos tan bella historia:
    «Teresa la librera»….una historia que invita a la reflexión….Aprendamos a disfrutar donde estamos camino a donde vamos, recordando siempre que el PROTAGONISTA de tu vida debes ser «TÚ»….Pues solo «TÚ» eres el responsable de reescribir tu guión….
    Escogamos bien cada «frase», «escenario» y por supuesto, resto del reparto que nos va a acompañar en esta Peli, que es Nuestra VIDA….Haz de ELLA tu mejor producción..

    GRACIAS A TOD@S L@S QUE EN MAYOR O MENOR MEDIDA FORMÁIS PARTE DE ESTA GRAN COMPOSICIÓN QUE ES «MI VIDA»

  3. Dunia Rodríguez Santiago dice:

    Hay muchas Teresas en este mundo, que se dan a los demás y se olvidan que ellas también son importantes.
    Y no es egoísmo ni hay que sentirse culpable si no estamos ahí para todo y para todos, porque en esos sentimientos se nos ha educado a las mujeres.
    Para ayudar y hacer feliz a los demás, tienes que ayudarte y ser feliz tú misma.

  4. Muchísimas gracias compañeras por estas reflexiones. Aunque sí que en realidad conocí a Teresa tras el mostrador de la librería, el resto de la historia ha sido basada en mi vida, así que puede decirse entonces que es real al 100%. Con toda probabilidad tiene un poquito de cada una de las mujeres que me criaron, y enseñaron en la vida. Después ya aprendí de muchos y muchas, y aún a día de hoy continuo aprendiendo de personas maravillosas ¿saben para qué?: para seguir escribiendo el gran libro de mi vida.

    ¿Qué pagina de su libro están escribiendo ustedes ahora mismo?

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